La supervivencia y los riesgos. Concepto

Es evidente que la caída de Chacarita frente a Defensa y Justicia ha generado una breve satisfacción al comprobar la actitud general del equipo, una especie de espíritu de cuerpo suficiente que resulta la primera base de sustentación para el objetivo de continuar en la categoría. Es decir que estamos en presencia de un hecho colectivo y saludable, pero que expone un episodio que en el fútbol argentino ni se valora ni se analiza con detenimiento: el costo emocional (acaso más terminante que un resultado) que afronta un equipo en cualquier situación de competencia, más jugando una permanencia en el mismo año en el cual llegó a la categoría.

Cuatro
Veamos. El equipo de Sebastián Pena parece haber creado una estructura defensiva que se administra con cierta calma, tras un cuadrado blindado formado por Vismara, Mellado, Re y Rosso. Ese espacio que resultó granítico frente a Vélez y fue tembloroso en Florencio Varela, descansa el secreto del futuro de Chacarita. Los motivos de la dispersión frente a Defensa y Justicia han sido visibles, pues cuando los defensores centrales juegan línea, obligan a un desgaste múltiple del doble eje del centro del campo (MelladoVismara), más aún cuando los volantes adversarios provocan tal distorsión y luego la aprovechan, cruzándose a la espalda de mediocampistas desprotegidos, erráticos y cansados.
En el otro extremo aparece un atributo elocuente de este equipo de Pena, el cual, optando por la supervivencia como método de juego, no ha renunciado a tomar riesgos, siendo que regularmente quienes planifican sus emboscadas en campo propio, más que tomarlos, suelen huir de ellos.

Primera
La contradicción de lo observado frente a Vélez y después con Defensa y Justicia puede aplicarse en el juego de Miguel Mellado. Es simple, cuando el equipo lo protege con escoltas posteriores y laterales, a Miguel le queda la cancha de frente y eso le permite economizar movimientos, tanto para asaltar al rival cuando este tiene el balón como para jugar y decidir correctamente la salida de la pelota desde la mitad del terreno.
Ahora, en la circunstancia hostil del desorden, se convierte en un jugador sin peso específico en un espacio territorial neurálgico, ansioso, con ciertos problemas de perfil y que también intenta recurrir al golpe para devolver alguna gentileza originada en el fragor del partido. Para sintetizar, si Miguel realiza en tres movimientos lo que debería resolver en uno, la conclusión posible sería que el equipo no lo está ayudando y viceversa. Y si esto sucede, surge una incidencia temible: Mellado responde a medias y luego (lo siguiente es lo más significativo), Chacarita resquebraja hacia atrás el funcionamiento de su virtud más elocuente, ese cuadrado protector que junta a los centrales (ReRosso o Robledo) con los dos medio centro (el mismo Miguel y Federico Vismara).

Lo que sigue
¿Hemos pensado seriamente en las respuestas emocionales que se deben observar en un equipo de fútbol? ¿Se prepara y se trabaja sobre la instancia emocional en el fútbol argentino? Tantas dudas, llevan a una pequeña certeza: Chacarita, en un camino espinoso, pero posible, depende más de la cabeza de sus jugadores que de sus pies para mantener la división.
Acaso son las emociones las que originan una ansiedad creciente, que no parecen admitir el equilibrio para el trayecto que emprendimos. Y, detrás de semejante peregrinación, estamos nosotros, hinchas al fin, obligados a diseñar como orfebres el mejor entorno para nuestro equipo. Vaya si lo logramos en San Martín, el lugar donde se van a seguir desarrollando batallas cruciales, las cuales serán sólo un puñado de trascendentes partidos de fútbol.

Daniel Mancini.

Imagen.
Ely Martínez.