SIMPLEMENTE, ARTISTA

El tiempo trastocó esa figura frágil y breve de cabello renegrido, que trascendió por el ataque veloz, alocado, detrás de una imagen de contorsionista vestido con sus pantalones exagerados. Fue también el tiempo el que trajo los hombros más anchos y redondos, el pecho hacia adelante, la transformación de su cara angular y, claro está, la astucia de su nueva comprensión del juego, un gesto de misericordia y sabiduría que bendijo a miles de descorazonados, justo en el corazón de San Martín.
Ahora, la cancha no esta determinada sólo por los últimos 25 metros, pues se obseva el paisaje desde el centro del campo y el valor que enamora ya no es la gambeta, sino sus pases tan precisos como teoremas, los que finalmente construyeron una historia más atrapante que la de las mismísimas matemáticas.

Gustos
Vaya si ha dejado trabajo para nuestra imaginación al devolvernos una identidad rota (el paladar por los buenos jugadores), surgida de los grandes futbolistas de que usaron la camiseta número 10 de Chacarita. Una línea de tiempo describe una enumeración por demás suficiente: Francisco CampanaMario Rodríguez, Cambón (la síntesis del crack), Orife, el Vasco Astigarraga, Ramón Toribio Adorno, el Loco Salinas, el fenomenal Carlos Ischia, Rubén Alcídes Giordano, Fabián Itabel, el gran Enrique Borrelli, Ángel Hoyos, Víctor Rabuñal, a veces Alex Rodríguez, Rubén Capria, Matías Delgado, la Vieja Moreno, Coyette, Pisano, el tiempo de Oroz
Entonces, saber que ya no pertenece al club conforma una derrota de los aspectos más sinceros de nosotros mismos, porque el fútbol como hecho cultural no puede prescindir de cierta épica, la cual Damián ha protagonizado con una disciplina ejemplar. Es que la razón y, en especial, la sinrazón que nos incrustan al club en el cuerpo, suceden porque nada se parece más a nuestra vida que Chacarita.
De ahí, Manso corporizó una de esas debilidades que nos pertenecen. ¿O acaso no nos dimos cuenta que fue figura rutilante en un torneo en el que salvamos la categoría por un gol? En el momento de mayor indigencia, cuando las miserias urgen y las soluciones se evaporan, necesitábamos un héroe mitológico de bondad patriarcal para que nos aleje, triunfador y sonriente, del naufragio.
Pues bien, nosotros lo tuvimos. Ese es el origen de su grandeza, ya que sostuvo con los designios de su cabeza y los jirones de su físico, nuestra ilusión en medio de la desgracia futbolera, un hecho rotundo que neutralizó la creencia de que la idolatría se juntó con él después de aquel cabezazo bíblico (con un festejo posterior de carácter más bien ateo) frente a Villa Dálmne, que nos dejó en la B Nacional.

Igual
De ninguna manera me animaría de decirle “Piojo”. Entiendo que no existe ningún artista con ese apelativo. Es más, pienso en el futuro. Puestos allí, recordándolo, será cálido y nostálgico contemplar que íbamos a la cancha y allí, como en un rito inalterable, habríamos de ver a un artista siempre dispuesto, que solía usar la camiseta número 10 de Chacarita.
Manso es y siempre será eso. Un soberbio artista que volvió a convertir al futbol en un juego, porque en la amabilidad de su gesto, en esa sonrisa afable, en su introspección y también en la resignación que le vi cuando en un vestuario vital, después de un triunfo en San Martín, juntó sobre un banco su pecho contra sus rodillas mediante un abrazo y perdió la mirada en un costado vacío, invariablemente nos dijo con sus silencios que lo único que pretende del fútbol es jugar.
Si es verdad que la liturgia popular le otorga dos niveles a los jugadores referentes (al que nos queremos parecer y el que nos representa), diría sin complejos que, por un lado, en uno de esos méritos, nadie nos ha representado en la última etapa como lo ha hecho Diego Rivero y, en otro aspecto, todos nosotros, pero todos, aunque sea en un sólo momento de nuestros sueños, hemos querido ser o al menos parecernos a Damián Manso.
De todos modos, como paliativo para nuestra turbada condición de hinchas, desde ahora vamos a poder contar sobrepasados de vanidad que vimos jugar a MansoUn verdadero placer para los sentidos, el espíritu y el recuerdo.

Daniel Mancini.


Imagen.

Mara García.

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